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Un cuento de Arturo Bolaños*
Escritor colombiano residente en Barcelona, España
Todo traído por el recuerdo de lo que fue el paisaje de afuera y ahora está dentro de esa noche pálida de la memoria sin saber que tiempo y lugar es o está siendo aquí o allá que da lo mismo que no estar ni haber estado nunca ni en ninguna edad ni en ninguna parte.
Ella lleva a su boca la pastilla que envuelve en su lengua y la deja tirada en los umbrales del sueño y el desespero. Ésta es la quinta que se toma y todavía no son las 10 de la mañana, el desayuno no le ha llegado al estómago; porque fuera de los contados minutos que la asistenta gastó para limpiarle los pocos dientes que le quedan, no le ha metido nada al buche. Sí, a ese buche de pajarita sin remedio, adormilada. Que viste su desnudez con una pielecita rosada, sostenida por los huesitos de su cuerpo menudo y la expresión de su gesto quedo y tibio. Mientras pasa la enfermera del sanatorio tomándole el pulso y revisándole las pupilas:
- Esta muchachita ya nunca volverá en sí. Está muerta en vida.
El día del que no volvió, fue un día de huelga nacional; mejor dicho, cualquier día de los últimos quince años de los que tengo memoria. Los trabajadores hacían paro cada ocho días o cuando les tocaba, no daban más, y eso los que lo tenían; porque los que no lo tenían, ni siquiera eso podían hacer.
Eran los últimos días en el bachillerato. Las fiestas de despedida eran cosa de cada día. Los maestros corrían con las listas de calificaciones bajo el brazo por los pasillos llenos de basura de cafetería, papeles de envoltura de todos los colores, desde chitos a colombinas. Por ahí, algún empaque de condones Tahití, de los que vendía el negro Matías en la cafetería, y que los envolvía discretamente en la misma servilleta con el pastel de queso. Los entregaba entre pícaras sonrisas a los calenturientos adolescentes que igual nos servían para espantar a las muchachas más recatadas, que para con las otras; las que ya habían disfrutado de los recreos en el baño del tercer patio, terminar un coqueteo apresurado en ese lugar reservado para los inicios del amor.
- ¿Lo de las pastillas? Las había traído El Bicho. El que siempre andaba dándoselas de adelantado; claro, si se la pasaba entre malandros de buena especie, azotando los nikes en las discotecas rojas de la zona rosa. Él trajo esas bobaditas pequeñitas, llegó diciendo que era el mejor invento, lo último en las noches de Bogotá, Barcelona y Nueva York.
La primera vez fue en el potrero donde jugábamos fútbol los domingos en la tarde. Estaba todo el equipo; el River Dengue y sus charlas técnicas, amenizadas con yerba buena. Con volante mixto, un portero de gafas y las chicas en la delantera.
¡Qué acelere el de esa nota! ¡Qué estiredeojos!, ¡Qué tiritelasvenas!.
Turulato y eso que me levanté y salí corriendo creyéndome el Willingtón Ortiz, qué va, el Ronaldo, el mismísimo Pelé, el rey del balón. Por todo el potrero volaba llevando la pecosa por delante, acariciando el césped, llegando a las dieciocho, entrando al área de candela y chutando como un cañón esa pelota que rompía la red, espantaba los pájaros y se iba más allá del volcán y los Andes. En el desvíe terminé pegándole a los cirros, a los cúmulos y los nimbos; esos pedazos de algodón de los que nos había hablado con lujo de expresiones líquidas el profesor de ciencias y después el hombre del tiempo.
Ahí terminé, tirado en plena área chica más sudoroso que cuando lo hacia parado con Ella en el tercer patio, en el cambio de clase. Ahí, boca arriba y mojado con ese pedacito de pepa que ahora se ha vuelto golosina de más de uno. Con decirte que la habían probado hasta el Gabrielito y el Oscar mosca. Aquel que grababa las siete palabras de la Semana Santa, para después escucharlas cuando nos tocábamos las neuronas con esas pastillitas que nos ponían en el Génesis y el Apocalipsis.
Es que ese día de huelga fue la tapa. Ya habían parado hasta los perros callejeros y los ángeles del cielo. No faltaba nadie que no estuviera en paro, si hasta mi papá, acosado por los impuestos, la corrupción de los políticos y los retenes guerrilleros; había pensado en cerrar la lechería, tomarse toda la nata, comerse los quesos y morir barrigón y blanco, botando espuma por la nariz para no regalar el trabajo.
Teníamos la despedida del colegio, los del otro curso se iban para las islas. Nosotros; que una fiesta, que bebidas y pasabocas. Pero qué va, ya habíamos hecho la colecta para comprarnos unas interprais, para salir a la vía láctea de viaje con el señor Spock y el capitán Kirk. De viaje a las estrellas, con azafatas incluidas. Ellas llegaron con esos escotes que dejaban ver la mitad de esas peritas dulcesitas.
Nos fuimos en la camioneta de los padres del Ricky, dimos la vuelta por el Parque del Ejido y cruzamos más arriba del acueducto; donde alguna vez habíamos pensado echar una olla llena de hongos con panela, para que medio pueblo se trabe y deje de ser tan hablador y sapo, y todos se pongan a hacer dibujitos en las paredes.
Como los que hacia el hueso, ese vagabundo que recorrió la misma calle tantas veces, que habría dado la vuelta al mundo si se hubiera atrevido más allá del andén. Él y sus fórmulas matemáticas, con caballitos que saltan entre la raíz quebrada y el ventanal de la casa de la senyoreta Móntse, la que hacía el mejor champús del barrio y que solo salía de su casa para preguntar, completamente confundida en el calendario; si había caído Franco y así podía regresar a morir a su Catalunya natal. Ahí están inscritas, en las paredes blancas del convento y el colegio de monjas, esas maromas de números, dibujos y circunferencias, que contienen la fórmula exacta de cómo sobrevivir, no a la intemperie, que es lo menos, sino a la ciudad y sus dueños.
Nos fuimos por esa carretera, huyendo como siempre. Escuchando el disco del grupito ese de La miel del palo; fumando la yerbita, hasta que dimos con la finca, que va, el torcedero, Ganímedes. El tercer patio pero en verde y lejos de la rectoría y la pieza de los padres de las muchachas.
El Bicho y La Mona se pusieron en forma. Partieron las pastillas en cuatro, porque el círculo está dividido en cuatro: en alto, en bajo, en ancho y en largo. Pero todo en profundo, por que un círculo sin profundo no merece llamarse círculo, sino hueco. Nos fueron llamando de uno en uno, como hace el indio del Putumayo para repartir ese remedio tan brevo que la otra vez fuimos a tomar, que para limpiar las tripas del cuerpo y del alma.
Así, de pedacito en pedacito de caramelo, fuimos pasando por la puerta. Cada cual a su pedazo y cada uno en su estrella. Ella se colocó rápido. La veía columpiándose de un árbol, girando en esa rama, dando vueltas sin caerse. Sus cabellos le cubrían la cara y se crispaban en colores por detrás del cuello, la blusa abierta.
La música no paraba, ellos en la pieza, arremolinados frente al televisor prendido, sin sintonizar; mirando esa pantalla llena de punticos de colores, lelos. Les pregunte qué veían, ellos -que nada y todo, que todo y nada-, que era un acuario lleno de planetas y estrellas fugaces.
- Vengan para acá, salgan al jardín, miren el cielo; ilumínense de esta oscuridad. Traigan esas estrellitas del televisor para regarlas en el prado y así no saber dónde está lo de arriba y lo de abajo y quedarnos aquí, en la nada.
- Ni suspiramos
Después de tanto viaje por la vía láctea, el brillo de la noche y un sonajero que se había metido en la cabeza, nido de pájaros ciegos que daban aletazos, caí rendido.
Desperté desnudo, muerto de frío. Entré a la primera habitación, en la cama, sin abrir los ojos, sentí el calor de un cuerpecito blando. Pensé que era Ella, pero no, era La Mona, estaba caliente y sola y yo allí, con semejante tronco de mujer y con mi tronco hecho una columna de cemento, y cerca, muy cerca. Cuantas veces habíamos estado por participar de estas delicias, pero nunca lo habíamos podido hacer; por su novio, por Ella, por la falta del cauchito, por que, qué va, siempre que lo íbamos a hacer sonaba la campana y tocaba salir corriendo del baño del tercer patio.
Esta vez sí fue. La Mona se estremecía, yo huía. Después empezó a decir tonterías del amor, de la vida, del futuro. Menos mal se quedó dormida. Salí, pasé a la otra habitación, todavía estaba prendido el televisor, ahora solo había un montón de rayas de colores y un reguero de zapatos y colillas.
Ella estaba en la cocina, sentada con un cigarrillo en la mano y un vaso con agua. Y esa mirada de melancolía.
- ¿Cómo estuvo? ¿Rico? ¿Es mejor que yo?
Me senté en sus rodillas, no se quejó, me mordió el hombro. Apagó el cigarrillo para desocupar su boca y hacerle espacio a otro caramelo, uno especial; un Fórmula 1 que le había recomendado El bicho solo para ella. Yo atiné a decirle que en el viaje de esa noche había una niña idéntica a ella que se acostó en mi pecho y empezó a cantar. Ella ni me miró.
No sé cuanto tiempo ha pasado. Me han permitido visitarla después de mucha insistencia, esta igual de linda pero muy flaca y hasta se ve bien en su cama de sábanas blancas y esos tubitos que lleva en la nariz para respirar. No me reconoce, ni tampoco sonríe.
En la ventana reconozco la silueta del volcán, el velamen de nubes que se arremolina sobre la ciudad.
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